Antes de empezar a escribir

22.02.2010

My Own Prison | Aimelle

El incesto, piedra angular de mi proyecto de novela en la medida de que tanto su protagonista como su antagonista serán, probablemente, pedófilos y, en un caso, incestuoso, no es algo de lo que haya que hablar, discutir o informar a la ligera.

Esta mañana he tenido noticia oyendo la radio de un caso en Sevilla donde varios padres intercambiaban a sus hijas para mantener con ellas relaciones sexuales. Estos son algunos enlaces a distintos medios que han tratado la noticia:

Un juez imputa a los padres de tres menores por intercambiárselas para abusar de ellas

Acusan a dos sevillanos de intercambiar a sus hijas de 6 y 7 años para violarlas

Un juez investiga un caso de abusos sexuales de dos padres a sus hijas

Acusados dos padres de intercambiar a sus hijas para abusar de ellas

El fiscal imputa agresión sexual continua a los padres que abusaron de sus hijas

Piden castigos duros para los padres que abusaron de sus hijas

Historias como estas, a primera vista increíbles y difíciles de creer, ocurren todos los días. El problema de fabular con ellas radica, principalmente, en encontrar el tono adecuado, y eso es algo que no he conseguido aún y en lo que en las distintas encarnaciones de mi proyecto de novela, que va por su tercera edición, siempre me ha hecho replanteármelo todo de nuevo desde casi cero.


Antes de empezar a escribir

15.02.2010

Quiero escribir una novela negra. Escogí este género porque estoy muy familiarizado con él, es muy entretenido y a menudo es sólo una excusa para escribir sobre los temas que verdaderamente importan a todo el mundo, las pasiones más altas y bajas de los seres humanos.

Contar una historia es, en gran medida, un ejercicio de elecciones múltiples de entre un número casi infinito de posibilidades, así que me hice una pregunta aparentemente sencilla para encontrar de qué iba a escribir, el tema que articularía todo mi proyecto de novela:

¿qué es lo peor que un ser humano puede hacerle a otro ser humano?

La respuesta más obvia a la pregunta es que lo peor es que alguien mate a otra persona, pero en estos casos siempre recuerdo algo que me explicó un amigo médico, que siempre insiste en que hay muertes y muertes, que tu final puede llegar rápida e indoloramente, pero que la mayoría de las veces no es así, y ocurre que lo que acaba contigo es una larga y agónica dolencia que tras meses de combates y a menudo de encarnizamiento médico devora tu cuerpo sin piedad. Añadía este amigo mío que aún este largo final podía ser algo deseable cuando lo comparabas con alguna enfermedad neurodegenerativa porque éstas te matan tres veces: cuando tu cerebro está tan dañado que dejas de ser tú mismo, cuando las personas que te cuidan, normalmente llenas de remordimiento, desean tu muerte, y cuando ocurre el deceso. Teniendo esto en cuenta, llegué a la conclusión de que si bien dañar físicamente a una persona, asesinándolo, torturándolo, mutilándolo o convirtiéndolo en un vegetal es sin duda algo terrible, podríamos hacerles cosas aún peores.

Reflexionando sobre acciones que no implicasen necesariamente, o sólo, un castigo físico, me di cuenta de que disponía en el Código Civil y Penal de una larga lista de posibilidades que incluían, por citar sólo los elementos más clásicos y sobados del género, el robo, la estafa o la suplantación de identidad, En muchas de estos temas se esconden términos como confianza, seguridad, traición, miedo o respeto, que en determinadas circunstancias pueden ser muy viscerales y, por lo tanto, atractivos a la hora de escribir una novela negra. Naturalmente, debido al lugar en el que crecí, no me interesaban los asuntos relacionados con la salud pública porque me parecen vulgares y aburridos.

No terminaba de decidirme por un tema para mi novela, cuando analizaba las posibilidades no me parecían lo suficientemente crueles ni graves, siempre podía pensar en algo más terrible, y la solución llegó mientras me dedicaba a otras cosas que no tenían nada que ver con mi proyecto de novela:

No concibo nada peor que a un padre/madre violando a un hijo/hija repetidamente con el consentimiento implícito o explícito de su pareja.

Los actos viles contra niños siempre son más graves porque están indefensos por sí mismos. Si esas malas acciones las cometen sus padres, aún son peores porque se convierten doblemente en víctimas (por un lado está la falta, la acción reprobable, y por otro la pérdida de la confianza que ese niño/niña tenía en su padre/madre, que supuestamente deben protegerlo de cosas como las que está haciéndole). Una continuada serie de violaciones de las que el pequeño no puede defenderse y que no van a ser denunciadas por un familiar colocan a la víctima indefensa en una situación desesperada y a los agresores en lo más bajo de cualquier tipo de clasificación en que puedas dividir a la raza humana.

Encontrado mi tema, un padre que viola a una hija con el consentimiento de su madre, sólo tenía que encontrar el modo de construir una historia que pensara que valiera la pena ser escrita.


Antes de empezar a escribirel

10.02.2010
La primera vez que imaginé el comienzo de la novela que quería escribir imaginé que un detective privado viajaba trescientos kilómetros en tren para encontrarse con una mujer a la que no conocía en una clínica privada especializada en adicciones y enfermedades mentales.

Supuse que dos días antes del viaje, el abogado de esta señora lo habría telefoneado para concertar la cita. No le dio mucha información, sólo el nombre de su clienta y el lugar donde debían encontrarse. El abogado no sabía para qué quería verlo ni por qué lo había escogido a él, un pequeño detective privado independiente con un anuncio muy pequeño en las páginas amarillas, de entre todos los profesionales y grandes agencias de la ciudad. Aquella cita escama tanto al detective que comprueba la existencia real del abogado y la validez de su número de teléfono. No es el modo habitual en que sus clientes llegan a él, y estos casi nunca son personas particulares, sino empresas. Además, está el asunto del lugar de la cita, un psiquiátrico. ¿Su clienta es una loca aburrida, una loca delirante o una loca con algún problema real en el que él puede intervenir? No lo sabe, y teme desplazarse para nada.

Cuando llega a la clínica privada aún tiene dudas sobre lo que ocurrirá, y está predispuesto a rechazar el trabajo que le ofrezcan, sea cual sea, aunque de todas formas ha acudido a la cita por su maldita curiosidad. Todo el lugar le recuerda a un módulo carcelario, solo que más limpios y con guardias mejor vestidos. Un celador le da una vuelta por las instalaciones hasta una zona de mínima seguridad (tiene menos puertas, menos rejas, menos videocámaras y menos gorilas a la vista) y lo deja en la habitación de la mujer, que ronda la cincuentena y está acompañada por una joven a la que despide bruscamente para hablar a solas con él.

Lo primero que le cuenta la mujer es que está allí porque hace unos meses sufrió un grave accidente de tráfico del que la atienden allí sin mucho éxito porque es probable que no pueda volver a andar sin ayuda. Lo segundo es que está convencida de que su esposo provocó de algún modo el accidente, que la policía ni el juez la han creído, y que él es su última oportunidad de demostrar que tiene razón.

Pensé que era un comienzo atractivo con mucho potencial para desarrollar una historia entretenida. He intentado desarrollar todo mi proyecto de novela a partir de ello.


La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, una novela de Stieg Larsson

04.02.2010
Hace un par de semanas leí La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Flickan som lekte med elden. Millenium 2), de Stieg Larsson, traducida por Martin Lexell y Juan José Ortega Román en 2008 para la editorial Destino, que la publicó dentro de su colección Áncora y Delfín y que se puede coger prestado en la biblioteca de Sanlúcar la Mayor después de apuntarte a una lista de espera. Debería haber escrito antes sobre ella en mi bitácora, pero es tan mala que me ha costado mucho encontrar las ganas y el tiempo necesarios para comentarla, aunque sólo sea para decir que es tan mala que preferiría leer alguna novela de Almudena Grandes antes que releer el segundo volumen de la trilogía Millenium.

Lo único bueno de este volumen es que se puede prescindir sin demasiados problemas de las primeras seiscientas páginas, en las que se únicamente se dan vueltas y más vueltas alrededor de un triple asesinato del que acusan erróneamente a la protagonista del libro y de cómo es buscada por la policía, por lo malos de la novela y por el otro protagonista de la novela, e ir directamente a las últimas ciento cincuenta páginas, en las que se resume lo ocurrido anteriormente varias veces y nada finaliza, pues tras los incidentes que ocupan esas páginas y que sólo se me ocurre tachar como un remedo digno del peor guionista de televisión de la peor serie de televisión del mundo que toma prestados algunos elementos clásicos de algunas de las mejores novelas protagonizadas por Hannibal Lecter y Tom Ripley, y los envilece con su mala y aburrida prosa.

Supongo que en el tercer y último volumen de la serie el señor Larsson contará por qué su protagonista aún estaba viva en la última página de la novela, y lo que sucede con el gigante rubio, los motoristas, los tratantes de blancas, los pedófilos, los maltratadores, los espías y demás personajes increíbles de cuyos destinos finales la novela se olvida.


Tengo ganas de escribir

28.01.2010

Tengo ganas de escribir, pero no lo estoy haciendo porque no sé qué quiero escribir. Tenía una buena idea para una novela negra, había escrito unos seis capítulos, casi llegado a la mitad de la historia que pretendía contar, y tenía muy claro qué iba a suceder y cómo lo iba a contar en lo que me quedaba, pero entonces leí esa novela, Los hombres que no amaban a las mujeres, y comprobé que no me gustaba el modo en que estaba escrita y me di cuenta de que lo que tenía yo escrito en mi proyecto no era mucho mejor.

No sé cuándo perdí el norte con mi proyecto de novela, pero mi reacción fue borrar todo lo que había escrito en mi ordenador, hacer lo mismo con las referencias al proyecto en esta bitácora, y quedarme únicamente con la documentación que había acumulado para algunos aspectos de la historia y de los personajes.

Supongo que en algún momento retomaré mi proyecto de novela y que no lo abandonaré porque entonces se convertiría con facilidad en un fantasma que me perseguirá cada vez que encienda el ordenador para escribir cualquier cosa si finalmente no lo conduzco hasta el final, pero no en los próximos días.


Los hombres que no amaban a las mujeres, una novela de Stieg Larsson

22.01.2010

Los hombres que no amaban a las mujeres

La penúltima novel a que he leído se llamaba Los hombres que no amaban a las mujeres (Mäm som Hatar Kvinnor. Millenium I), la escribió un periodista sueco llamado Stieg Larsson, fue publicada póstumamente en su país en 2005, y traducida al castellano por Martin Lexell y Juan José Ortega Román para la editorial Destino, que la publicó hace un año y medio dentro de su colección Áncora y delfín. Podría haberla obtenido en la biblioteca de Sanlúcar la Mayor apuntándome a su lista de espera, pero el ejemplar que he leído fue un regalo de mi hermana.

Esta novela y sus continuaciones fueron los libros más vendidos en España el año pasado y ya se han hecho dos películas basadas en dos de ellas que no he visto. Es un best seller mundial, parece haber puesto de moda una vez más la novela negra, en especial la de origen escandinavo, y empezaba a creer que yo sería el único adicto a la literatura que no había leído una sola línea de esta obra de la que había escuchado y leído tantas críticas y opiniones favorables que cuando llegó a mis manos esperaba encontrar algo del calibre de James Ellroy o al menos del primer Henning Mankell, un compatriota de Larsson que me gusta mucho.

La realidad no estuvo a la altura de las expectativas. Los hombres que no amaban a las mujeres tiene muchos elementos que no me han gustado, pero lo que la convirtió a mis ojos en lo peor que he leído en los últimos meses es su final deus ex machina, un recurso de escritor incompetente y falto de imaginación con el que hace mucho que no trago: en el principio fueron los dioses griegos, más tarde ocuparon ese papel magos y brujas supermegapoderosos, científicos supermegalistos y, actualmente, hackers.

No me gustaba demasiado la novela, me parecía aburrida, artificialmente alargada y con un ritmo inapropiado para el género, pero la revelación de que el personaje misterioso y asocial al que violaban casi al principio de la obra es un pirata informático de nivel mundial que con un truco barato ayuda al protagonista a localizar a su objetivo y a vengarse de la persona que lo envió a la cárcel es indigno e insultante para la inteligencia de cualquier lector de novelas exigente y crítico con lo que lee.


Provocación, una novela de Stanislaw Lem

20.01.2010

Provocación, de Stanislaw Lem

Provocación es una novela corta publicada por el polaco Stanislaw Lem en 1985, que la editorial Funambulista editó por primera vez en español en abril de 2005 traducida por Joanna Bardzinska y Kasia Dubla dentro de su colección Literadura. Yo me la llevé prestada de la biblioteca de Sanlúcar la Mayor, la leí casi de un tirón el pasado viernes, y ya casi me he olvidado de su contenido porque no me interesó mínimamente desde la primera página.

No es difícil encontrar opiniones entusiastas sobre la calidad de esta novela. En ellas se hacen comparaciones con Borges, y con una obra anterior de Lem, Vacío perfecto, que me parece muy superior a ésta, se alaba el juego literario que se establece entre los autores de los libros imaginarios que aparecen en esta obra, de sus autores igualmente imaginarios, del narrador del libro y del autor de la novela, y se analiza lo acertado del análisis sobre las causas del Holocausto judío que se encuentra en la obra imaginaria: en primer lugar, sobre cómo una sociedad tan avanzada como la alemana puede ser secuestrada por una ideología tan estúpida como la nacionalsocialista; en segundo lugar, sobre cómo unos tipos tan mediocres como los dirigentes nazis pueden causas tanto daño a tantos millones de personas; en tercer lugar, sobre la naturaleza del mal, y si éste no se banaliza cuando se aplica a los nazis, que no serían más que unos personajes de opereta, de ópera bufa, si no fuesen responsables de tanta matanza; en cuarto lugar, sobre las causas que llevaron a los alemanes a identificar a los judíos como la mayor amenaza, y cómo esto derivó hacia su condena, en silencio, sin hacer ruidos, y un poco casi vergonzosamente, sin publicidad, hacia el exterminio; por último, sobre las lecciones que la historia puede darnos en el presente.

El problema que tengo contra esta novela, que reseña abundantemente un libro imaginario, es que los argumentos y reflexiones que en ella aparecen no son nuevos para mí ni para nadie que haya leído sobre esa época y tema. Lem no aporta nada nuevo, ni datos ni interpretaciones sobre el nazismo y el exterminio de los judíos, viene a hacer un resumen historiográfico amplio de la cuestión, y poco más. No es que sea mala o aburrida, es que no me interesa leer otra vez algo que ya conozco por otras fuentes sin que me aporte nada nuevo.


Escribir una novela no parece algo difícil

19.01.2010

To Write Love On Her Arms | Kittiem

Nunca he creído que escribir una novela fuese algo difícil ni complicado. No es sólo una opinión basada en la enorme cantidad de inmodestia que me sale por las orejas constantemente, sino las conclusiones de mi experiencia como lector compulsivo de novelas: si personas tan incapacitadas para contar historias entretenidas como Almudena Grandes, Fernando Delgado, José Carlos Somoza o Elvira Lindo pueden escribir una novela, cualquier persona que sepa teclear en el ordenador o sostener un bolígrafo en sus manos puede hacerlo.

Así que dejando establecido definitivamente y para siempre que estoy capacitado para hacerlo, ¿por qué no lo hago? Quiero hacerlo, de verdad que sí, pero aquí estoy, reflexionando sobre el tema en vez de escribiendo una novela, y eso ya dice bastante de mi actitud, supongo.

Esta no es la primera vez que me digo a mí mismo que esta situación va a cambiar y que me voy a poner serio y escribir una novela alucinante, pero no confío en que ocurrirá tal cosa, a menos que imponga mi voluntad a mi desidia y dejadez. Para ayudarme a escribir mi novela esta bitácora va a convertirse en un elemento clave.

Estos son los planes definitivos para escribir mi novela:

  1. Tengo el comienzo de una historia que me parece atractiva, y varios personajes más o menos bosquejados y cierta idea de cómo va a evolucionar mi idea y de cómo va a terminar.
  2. También tengo algunos apuntes sacados de aquí y allá de otros proyectos de novelas anteriores, abandonados, sobre los que me gustaría reflexionar aquí para saber por qué no sirven y dejaron de parecerme atractivos cuando, en principio, tenían que ser maravillosos.
  3. Tengo, desgraciadamente, más tiempo libre del que desearía y del que necesito, y dos miniproyectos narrativos (les voy a llamar así para que parezcan cosas importantes): una serie de minihistorias de ciencia ficción de estilo pulp, y una especie de fan fiction sobre Sin City, la obra de Frank Miller.

Con todas estas cosas pendientes, no debería aburrirme, y espero que algo salga adelante.


El lamento del perezoso, una novela de Sam Savage

29.12.2009

El lamento del perezoso | Sam Savage

La novela se llama El lamento del perezoso (The Cry of the Sloth: A Complete Account), la ha escrito un estadounidense que se llama Sam Savage, la ha traducido al castellano otro señor, supongo que español, que se llama Ramón Buenaventura, y la ha publicado Seix Barral en un volumen de unas doscientas setenta páginas dentro de su colección Biblioteca Formentor este mismo año. Éstos son los datos objetivos. El resto es opinión.

En la contraportada han resumido muy bien el argumento de la novela:

La vida de Andrew Whittaker se derrumba: la revista literaria que dirige está a un paso de la bancarrota, el edificio que posee se cae a trozos y su mujer lo ha dejado. Sin embargo, Andrew no abandona. Es una máquina de crear proyectos, ilusiones y deseos vanos. Y escribe sin parar: bocetos de novelas, cartas de rechazo a aspirantes a escritores y delirantes invitaciones a antiguos compañeros con más éxito que él, listas de la compra, carteles para sus incívicos vecinos…

El lamento del perezoso se compone de los textos que Andrew escribe durante cuatro intensos meses. De ellos emerge el retrato de un entrañable visionario, un verdadero DOn Quijote de nuestros días empeñado en ser feliz y en defender pluma en mano su visión del mundo. Con este tragicómico relato, Sam Savage celbra el poder de la escritura para vencer la soledad.

Se supone que El lamento del perezoso es una novela cómica protagonizada por un personaje quijotesco, pero esto no es cierto.

En la novela hay un único protagonista, Andrew Whittaker. Aparecen muchos otros, mencionados en sus alocadas cartas o en sus carteles para los inquilinos de su edificio ruinoso, pero ninguno de ellos, ni siquiera su ex-esposa o la jovencísima poetisa a la que quiere llevarse a la cama, o sus amigos granjeros, es realmente un personaje, y bien podrían ser fruto de la imaginación del protagonista. Todo gira en torno a Whittaker, un enfermo mental no diagnosticado que no puede valerse por sí mismo y que es incapaz de lidiar con el mundo de una manera real, ya que le es imposible descodificar la realidad. Whittaker vive en un mundo propio donde es consciente de la delicada situación económica que padece, pero que es incapaz de culparse a sí mismo por ella, arrojando cualquier atisbo de responsabilidad a su exmujer, a viejos conocidos envidiosos, a una revista cultural que le hace la competencia… Todo el mundo, menos él, es culpable de lo que le ocurre, de las malas decisiones que toma, de su incapacidad para relacionarse con los demás.

Es un pirado con graves problemas, pero no es un Quijote, como dice la contraportada. No tiene la sabiduría de don Quijote, no tiene sus alucinaciones, no tiene un Sancho Panza tan loco y sabio como su amo… sólo una Dulcinea con la que fantasea y que no es, ni de lejos, el mejor de los secundarios de la obra. El protagonista de El lamento del perezoso no es un hijo bastardo de don Quijote ni un personaje original, ha aparecido en cientos de novelas escritas en todo el mundo en los últimos quinientos años, hace las mismas cosas que éstos hicieron anteriormente, y desde luego exagerarlo hasta el patetismo no me ha parecido lo mejor que podría sucederle. Nunca me ha interesado este personaje, lo he leído un montón de veces en otras novelas, y como no hay ningún otro personaje que merezca tal nombre en la novela, ésta se me hizo larguísima y no hubo una página en la que no me acordara de Ignatius J. Reilly, el protagonista de La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

En cuanto al humor que hay en cada fragmento de la novela, y que supuestamente convertirían a ésta en una novela humorística o, como dice la contraportada, tragicómica, pues es la tragedia de un hombre lo que supuestamente nos tiene que hacer reír, no puedo decir que no exista. El exagerado patetismo que el autor ha puesto en el protagonista de la novela y su relación con el mundo real produce muchísimas anécdotas y ocasiones para que nos ríamos de él. Desgraciadamente, cómo el único recurso humorístico consiste en el contraste que hay entre lo que piensa y escribe Whittaker con lo que sucede de verdad, es decir, en las interpretaciones de la realidad del protagonista, pronto se agota su novedad, y tras la quinta o sexta repetición del recurso, ya no me hizo gracia.

Como es imposible que todo sea malo en una novela, voy a destacar un pasaje de la misma que me ha parecido bueno, dentro de la mediocridad del conjunto. En cierto momento de la novela, el protagonista empieza a embalar todos los objetos que guarda en su casa, y una de las cosas que encuentra en el sótano y examina antes de guardar en una caja son unos viejos álbumes de fotografías que pertenecían a su madre y que contienen viejos recuerdos familiares. Curiosamente, y vaya el modo en que se obsesiona con su descubrimiento, no puede encontrarse a sí mismo en ninguna fotografía familiar entre los siete y los catorce años o así, no están en ningún sitio, y emprende un alocado intercambio postal con su hermana, que sí aparece frecuentemente fotografiada solo o en compañía de sus padres, y con la enfermera que atiende a su madre enferma, ingresada en un asilo. No es gran cosa, sólo seis o siete fragmentos, pero son lo mejor y casi lo único divertido de esta decepcionante novela.

Otra novela sacada de la Biblioteca Municipal de Sanlúcar la Mayor con la que no he tenido suerte.


2666, una novela de Roberto Bolaño

07.12.2009

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño

Hace dos semanas obtuve al fin el carné de la biblioteca municipal de Sanlúcar la Mayor. La primera novela que tomé prestada fue 2666, de Roberto Bolaño, posiblemente porque en esos días estaba releyendo otra obra suya, Entre paréntesis, que me divierte mucho, y como nunca había leído esa novela póstuma y probablemente inconclusa, la escogí de entre todas las de las que estaban a mi alcance en la biblioteca.

La novela no me ha gustado nada. Me ha parecido mala, aunque recuerdo con agrado algunos fragmentos y algún que otro personaje secundario. La parte final de la misma, la dedicada al escritor alemán, está bien, pero lel resto, y especial la de los crímenes de Ciudad Juárez (no se llama así la ciudad que aparece en la novela, pero todo el mundo sabe que es esa ciudad), que  es enormemente aburrida y lastra toda la narración porque es la parte que debería sobresalir y se limita a un repetitivo informe de crímenes y de investigaciones, no me gustó nada. Como ayer tuve un gran domingo y no me apetece hablar mal de una novela escrita por un escritor que normalmente me gusta mucho, prefiero pasar del tema y transcribir un texto de Bolaño que puede encontrarse en El gaucho insufrible.

Se llama Los mitos de Chtulhu.

Permitidme que en esta época sombría empiece con una afirmación llena de esperanza. ¡El estado actual de la literatura en lengua española es muy bueno! ¡Inmejorable! ¡óptimo!

Si fuera mejor incluso me daría miedo. Tranquilicémonos, sin embargo. Es bueno, pero nadie debe temer un ataque al corazón. No hay nada que induzca a pensar en un gran sobresalto.

Pérez Reverte, según un crítico llamado Conté, es el novelista perfecto de España. No tengo el recorte donde afirma eso, así que no lo puedo citar literalmente. Creo recordar que decía que era el novelista más perfecto de la actual literatura española, como si una vez alcanzada la perfección uno pudiera seguir perfeccionándose. Su principal mérito, pero esto no sé si lo dijo Conte o el novelista Marsé, es su legibilidad. Esa legibilidad le permite ser no sólo el más perfecto sino también el más leído. Es decir: el que más libros vende.

Según este esquema, probablemente el novelista perfecto de la narrativa española sea Vázquez Figueroa, que en sus ratos libres se dedica a inventar máquinas desalinizadoras o sistemas desalinizadores, es decir artefactos que pronto convertirán el agua de mar en agua dulce, apropiada para regadíos y para que la gente se pueda duchar e incluso, supongo, apta para ser bebida. Vázquez Figueroa no es el más perfecto, pero sin duda es perfecto. Legible lo es. Ameno lo es. Vende mucho. Sus historias, como las de Pérez Reverte, están
llenas de aventuras.

Francamente, me gustaría tener aquí la reseña de ese Conte. Lástima que yo no ande por ahí guardando recortes de prensa, como el personaje de La colmena, de Cela, que guarda en un bolsillo de su raída americana el recorte de una colaboración suya en un diario de provincias, un diario del Movimiento, es de suponer, un personaje entrañable, por otra parte, al que siempre veré con el rostro de José Sacristán, un rostro pálido e inerme en la película, una jeta inconmensurable de perro apaleado con su arrugado recorte en el bolsillo, deambulando por la imposible meseta de este país. Llegado a este punto permitidme dos digresiones exegéticas o dos suspiros: Qué buen actor es José Sacristán, qué ameno, qué legible. Y qué cosa más curiosa ocurre con Cela: cada día que pasa se asemeja más a un dueño de fundo chileno o a un dueño de rancho mexicano; sus hijos naturales, como dicen los púdicos latinoamericanos, o sus bastardos, aparecen y crecen como los matorrales, vulgares y a disgusto, pero tenaces y con la voz bronca, o como las cándidas lilas en los lotes baldíos, según la expresión del cándido Eliot.

Si al cadáver increíblemente gordo de Cela lo amarramos a un caballo blanco, podemos y de hecho tenemos a un nuevo Cid de las letras españolas.

Declaración de principios:

En principio yo no tengo nada contra la claridad y la amenidad. Luego, ya veremos.

Esto siempre resulta conveniente declararlo cuando uno se adentra en esta especie de Club Mediterranée hábilmente camuflado de pantano, de desierto, de suburbio obrero, de novela-espejo que se mira a sí misma.

Hay una pregunta retórica que me gustaría que alguien me contestara: ¿Por qué Pérez Reverte o Vázquez Figueroa o cualquier otro autor de éxito, digamos, por ejemplo, Muñoz Molina o ese joven de apellido sonoro De Prada, venden tanto? ¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos. El crítico Conte esto lo sabe o tal vez, porque es joven, lo intuye. El novelista Marsé, que es viejo, lo tiene bien aprendido. El público, el público, como le dijo García Lorca a un chapera mientras se escondían en un zaguán, no se equivoca nunca, nunca, nunca. ¿Y por qué no se equivoca nunca? Porque entiende.

Por supuesto es aconsejable aceptar y exigir, faltaría más, el ejercicio incesante de la claridad y la amenidad en la novela, que es un arte, digamos, que discurre al margen de los movimientos que transforman la historia y la historia particular, coto exclusivo de la ciencia y de la televisión, aunque en ocasiones si uno extiende la exigencia o el dictado de lo entretenido, de lo claro, al ensayo y a la filosofía, el resultado puede ser a primera vista catastrófico sin por ello perder su potencia de promesa o dejar de ser, a medio plazo, algo providencial y deseable. Por ejemplo, el pensamiento débil. Honestamente no tengo ni idea de en qué consistió (o consiste) el pensamiento débil. Su promotor, creo recordar, fue un filósofo italiano del siglo XX. Nunca leí un libro suyo ni un libro acerca de él. Entre otras razones, y no me estoy disculpando, porque carecía de dinero para comprarlo. Así que lo cierto es que, en algún periódico, debí de enterarme de su existencia. Había un pensamiento débil. Probablemente aún esté vivo el filósofo italiano. Pero en resumidas cuentas el italiano no importa. Quizá quería decir otras cosas cuando hablaba de pensamiento débil. Es probable. Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento. Y cuando nos referimos a Kafka lo que menos importa (Dios me perdone) es Kafka y el fuego, sino una señora o un señor detrás de una ventanilla. (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino.) La fuerza del pensamiento débil, lo intuí como si me hubiera mareado de repente, un mareo producido por el hambre, radicaba en que se proponía a sí mismo como método filosófico para la gente no versada en los sistemas filosóficos. Pensamiento débil para gente que pertenece a las clases débiles. Un obrero de la construcción de Gerona, que no se ha sentado jamás con su Tractatus logico-philosophicus al borde del andamio, a treinta metros de altura, ni lo ha releído mientras mastica su bocadillo de chope, podría, con una buena campaña publicitaria, leer al filósofo italiano o a alguno de sus discípulos, cuya escritura clara y amena e inteligible les llegaría al fondo del corazón.

En aquel momento, a pesar de los mareos, me sentí como Nietzsche en la epifanía del Eterno Retorno. Nanosegundos que se suceden inexorables y todos bendecidos por la eternidad.

¿Qué es el chope? ¿En qué consiste un bocadillo de chope? ¿Está el pan untado con tomate y unas gotitas de aceite de oliva o va el pan seco, envuelto en papel de aluminio, también llamado, por la marca del fabricante, papel albal? ¿Y en qué consiste el chope? ¿Es acaso mortadela? ¿Es una mezcla de jamón york y mortadela? ¿Una mezcla de salami y mortadela? ¿Hay algo de chorizo o salchichón en el chope? ¿Y por qué la marca del papel de aluminio se llama albal? ¿Es un apellido, el apellido del señor Nemesio Albal? ¿O alude a alba, al alba clara de los enamorados y de los trabajadores que antes de partir a su tarea meten en su tartera medio kilo de pan con su correspondiente ración de lonchas de chope?

Alba con un ligero fulgor metalizado. Alba clara sobre el cagadero. Así se llamaba un poema que escribí con Bruno Montané hace siglos. No hace mucho, sin embargo, leí que ese título y ese poema se lo atribuían a otro poeta. Ay, ay, ay, ay, los inconscientes, qué lejos se remonta el rastreo, la asechanza, el acoso. Y lo peor de todo es que el título es malísimo.

Pero volvamos al pensamiento débil, ese guante que se ajusta sobre el andamio. Amenidad no le falta. De claridad tampoco anda escaso. Y los así llamados débiles socialmente entienden perfectamente el mensaje. Hitler, por ejemplo, es un ensayista o un filósofo, como queráis llamarle, de pensamiento débil. ¡Se le entiende todo! Los libros de autoayuda son en realidad libros de filosofía práctica, de filosofía amena, en la calle, filosofía inteligible para la mujer y para el hombre. Ese filósofo español, que glosa y que interpreta los avatares del programa de televisión «Gran Hermano», es un filósofo legible y claro, aunque en su caso la revelación haya llegado con algunas décadas de retraso. No consigo recordar su nombre, pues este discurso, como muchos de vosotros ya habéis adivinado, lo escribo de memoria y pocos días antes de ser pronunciado. Sólo recuerdo que el filósofo pasó muchos años en un país latinoamericano, un país que imagino tropical, harto del exilio, harto de los mosquitos, harto de la atroz exuberancia de las flores del mal. Ahora el viejo filósofo vive en una ciudad española que no está en Andalucía, soportando inviernos interminables, cubierto con una bufanda y con una boina, contemplando en la tele a los concursantes de «Gran Hermano» y escribiendo sus apuntes en una libreta de hojas blancas y frías como la nieve.

Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros de teología. Un tipo cuyo nombre no recuerdo, especialista en ovnis, es quien escribe los mejores libros de divulgación científica. Lucía Etxebarría es quien escribe los mejores libros sobre intertextualidad. Sánchez Dragó es quien mejor escribe los libros sobre multiculturalidad. Juan Goytisolo es quien escribe los mejores libros políticos. Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros sobre historia y mitos. Ana Rosa Quintana, una presentadora de televisión simpatiquísima, es quien escribe el mejor libro sobre la mujer maltratada de nuestros días. Sánchez Dragó es quien escribe los mejores libros de viajes. Me encanta Sánchez Dragó. No se le notan los años. ¿Se teñirá el pelo con henna o con un tinte común y corriente de peluquería? ¿O no le salen canas? ¿Y si no le salen canas, por qué no se queda calvo, que es lo que suele pasarles a aquellos que conservan su viejo color de pelo?

Y la pregunta que de verdad me importa: ¿Qué espera Sánchez Dragó para invitarme a su programa de televisión? ¿Que me ponga de rodillas y me arrastre hacia él como el pecador hacia la zarza ardiente? ¿Que mi salud sea más mala de lo que ya es? ¿Que consiga una recomendación de Pitita Ridruejo? ¡Pues ándate con cuidado, Víctor Sánchez Dragó! ¡Mi paciencia tiene un límite y yo en otro tiempo estuve en la pesada! ¡No digas luego que nadie te lo advirtió, Gregorio Sánchez Dragó!

Sepan. A manderecha del poste rutinario, viniendo, claro está, desde el nornoroeste, allí mero donde se aburre una osamenta, se puede divisar ya Comala, la ciudad de la muerte. Hacia esa ciudad se dirige montado en un asno este discurso magistral y hacia esa ciudad me dirijo yo y todos ustedes, de una u otra manera, con mayor o menor alevosía. Pero antes de entrar en ella me gustaría contar una historia referida por Nicanor Parra, a quien consideraría mi maestro si yo tuviera suficientes méritos como para ser su discípulo, que no es el caso. Un día, no hace demasiado, a Nicanor Parra lo nombraron doctor honoris causa por la Universidad de Concepción. Lo mismo lo hubieran podido nombrar doctor honoris causa por la Universidad de Santa Bárbara o Mulchén o Coigüe, en Chile, según me cuentan, bastaba con tener la primaria terminada y una casa más o menos grande para fundar una universidad privada, beneficios del libre mercado. Lo cierto es que la Universidad de Concepción tiene cierto prestigio, es una universidad grande, hasta donde sé todavía es estatal, y allí homenajean a Nicanor Parra y lo nombran doctor honoris causa y lo invitan a pronunciar una clase magistral. Nicanor Parra acude y lo primero que explica es que cuando él era un niño o un adolescente, había ido a esa universidad, pero no a estudiar sino a vender bocadillos, que en Chile se los llama sándwich o sánguches, que los estudiantes compraban y devoraban entre clase y clase. A veces Nicanor Parra iba acompañando a su tío, otras iba acompañando a su madre y en alguna ocasión acudió solo, con la bolsa llena de sánguches cubiertos no con papel albal sino con papel de periódico o con papel de estraza, y tal vez ni siquiera con una bolsa sino con un canasto, tapado con un paño de cocina por motivos higiénicos y estéticos e incluso prácticos. Y ante la sala llena de profesores sureños que sonreían Nicanor Parra evocó la vieja Universidad de Concepción, que probablemente se está perdiendo en el vacío y que sigue, ahora, perdiéndose en la inercia del vacío o de nuestra percepción del vacío, y se recordó a sí mismo, digamos, mal vestido y con ojotas, con la ropa que no tarda en quedarles pequeña a los adolescentes pobres, y todo, hasta el olor de aquellos tiempos, que era un olor a resfriado chileno, a constipado sureño, quedó atrapado como una mariposa ante la pregunta que se plantea y nos plantea Wittgenstein, desde otro tiempo y desde la lejana Europa, y que no tiene respuesta: ¿esta mano es una mano o no es una mano?

Latinoamérica fue el manicomio de Europa así como Estados Unidos fue su fábrica. La fábrica está ahora en poder de los capataces y locos huidos son su mano de obra. El manicomio, desde hace más de sesenta años, se está quemando en su propio aceite, en su propia grasa.

Hoy he leído una entrevista con un prestigioso y resabiado escritor latinoamericano. Le dicen que cite a tres personajes que admire. Responde. Nelson Mándela, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Se podría escribir una tesis sobre el estado de la literatura latinoamericana sólo basándose en esa respuesta. El lector ocioso puede preguntarse en qué se parecen estos tres personajes. Hay algo que une a dos de ellos: el Premio Nobel. Hay más de algo que los une a los tres: hace años fueron de izquierda. Es probable que los tres admiren la voz de Miriam Makeba. Es probable que los tres hayan bailado, García Márquez y Vargas Llosa en abigarrados apartamentos de latinoamericanos, Mándela en la soledad de su celda, el pegadizo pata-pata. Los tres dejan delfines lamentables, escritores epigonales, pero claros y amenos, en el caso de García Márquez y Vargas Llosa, y el inefable Thabo Mbeki, actual presidente de Sudáfrica, que niega la existencia del sida, en el caso de Mándela. ¿Cómo alguien puede decir, y quedarse tan fresco, que los personajes que más admira son estos tres? ¿Por qué no Bush, Putin y Castro? ¿Por qué no el mulá Omar, Haider y Berlusconi? ¿Por qué no Sánchez Dragó, Sánchez Dragó y Sánchez Dragó, disfrazado de Santísima Trinidad?

Con declaraciones como ésta, así nos va. Por supuesto, estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario (aunque esto suene innecesariamente melodramático) para que ese escritor resabiado pueda hacer esta y cualquier otra declaración, según sea su gusto y ganas. Que cualquiera pueda decir lo que quiera decir y escribir lo que quiera escribir y además pueda publicar. Estoy en contra de la censura y de la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres.

En realidad la literatura latinoamericana no es Borges ni Macedonio Fernández ni Onetti ni Bioy ni Cortázar ni Rulfo ni Revueltas ni siquiera el dueto de machos ancianos formado por García Márquez y Vargas Llosa. La literatura latinoamericana es Isabel Allende, Luis Sepúlveda, Ángeles Mastretta, Sergio Ramírez, Tomás Eloy Martínez, un tal Aguilar Camín o Comín y muchos otros nombres ilustres que en este momento no recuerdo.

La obra de Reinaldo Arenas ya está perdida. La de Puig, la de Copi, la de Roberto Arlt. Ya nadie lee a Ibargüengoitia. Monterroso, que perfectamente bien hubiera podido declarar que tres de sus personajes inolvidables son Mándela, García Márquez y Vargas Llosa, tal vez cambiando a Vargas Llosa por Bryce Echenique, no tardará en entrar de lleno en la mecánica del olvido. Ahora es la época del escritor funcionario, del escritor matón, del escritor que va al gimnasio, del escritor que cura sus males en Houston o en la Clínica Mayo de Nueva York. La mejor lección de literatura que dio Vargas Llosa fue salir a hacer jogging con las primeras luces del alba. La mejor lección de García Márquez fue recibir al Papa de Roma en La Habana, calzado con botines de charol, García, no el Papa, que supongo iría con sandalias, junto a Castro, que iba con botas. Aún recuerdo la sonrisa que García Márquez, en aquella magna fiesta, no pudo disimular del todo. Los ojos entrecerrados, la piel estirada como si acabara de hacerse un lifting, los labios ligeramente fruncidos, labios sarracenos habría dicho Amado Nervo muerto de envidia.

¿Qué pueden hacer Sergio Pitol, Fernando Vallejo y Ricardo Piglia contra la avalancha de glamour? Poca cosa. Literatura. Pero la literatura no vale nada si no va acompañada de algo más refulgente que el mero acto de sobrevivir. La literatura, sobre todo en Latinoamérica, y sospecho que también en España, es éxito, éxito social, claro, es decir es grandes tirajes, traducciones a más de treinta idiomas (yo puedo nombrar veinte idiomas, pero a partir del idioma número 25 empiezo a tener problemas, no porque crea que el idioma número 26 no existe sino porque me cuesta imaginar una industria editorial y unos lectores birmanos temblando de emoción con los avatares mágico-realistas de Eva Luna), casa en Nueva York o Los Ángeles, cenas con grandes magnatarios (para que así descubramos que Bill Clinton puede recitar de memoría párrafos enteros de Huckleberry Finn con la misma soltura con que el presidente Aznar lee a Cernuda), portadas en Newsweek y anticipos millonarios.

Los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad, deseosa de respetabilidad. Son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente. Para llegar a ella tienen que transpirar mucho. Firmar libros, sonreír, viajar a lugares desconocidos, sonreír, hacer de payaso en los programas del corazón, sonreír mucho, sobre todo no morder la mano que les da de comer, asistir a ferias de libros y contestar de buen talante las preguntas más cretinas, sonreír en las peores situaciones, poner cara de inteligentes, controlar el crecimiento demográfico, dar siempre las gracias.

No es de extrañar que de golpe se sientan cansados. La lucha por la respetabilidad es agotadora. Pero los nuevos escritores tuvieron y algunos aún tienen (y Dios se los conserve por muchos años) padres que se agotaron y gastaron por un simple jornal de obrero y por lo tanto saben, los nuevos escritores, que hay cosas mucho más agotadoras que sonreír incesantemente y decirle sí al poder. Claro que hay cosas mucho más agotadoras. Y de alguna forma es conmovedor buscar un sitio, aunque sea a codazos, en los pastizales de la respetabilidad. Ya no existe Aldana, ya nadie dice que ahora es preciso morir, pero existe, en cambio, el opinador profesional, el tertuliano, el académico, el regalón del partido, sea éste de derecha o de izquierda, existe el hábil plagiario, el trepa contumaz, el cobarde maquiavélico, figuras que en el sistema literario no desentonan de las figuras del pasado, que cumplen, a trancas y barrancas, a menudo con cierta elegancia, su rol, y que nosotros, los lectores o los espectadores o el público, el público, el público, como le decía al oído Margarita Xirgu a García Lorca, nos merecemos.

Dios bendiga a Hernán Rivera Letelier, Dios bendiga su cursilería, su sentimentalismo, sus posiciones políticamente correctas, sus torpes trampas formales, pues yo he contribuido a ello. Dios bendiga a los hijos tarados de García Márquez y a los hijos tarados de Octavio Paz, pues yo soy responsable de esos alumbramientos. Dios bendiga los campos de concentración para homosexuales de Fidel Castro y los veinte mil desaparecidos de Argentina y la jeta perpleja de Videla y la sonrisa de macho anciano de Perón que se proyecta en el cielo y a los asesinos de niños de Río de Janeiro y el castellano que utiliza Hugo Chávez, que huele a mierda y es mierda y que he creado yo.

Todo es, a final de cuentas, folclore. Somos buenos para pelear y somos malos para la cama. ¿O tal vez era al revés, Maquieira? Ya no me acuerdo. Tiene razón Fuguet: hay que conseguir becas y anticipos sustanciosos. Hay que venderse antes de que ellos, quienes sean, pierdan el interés por comprarte. Los últimos latinoamericanos que supieron quién era Jacques Vaché fueron Julio Cortázar y Mario Santiago y ambos están muertos. La novela de Penélope Cruz en la India está a la altura de nuestros más preclaros estilistas. Llega Pe a la India. Como le gusta el color local o lo auténtico va a comer a uno de los peores restaurantes de Calcuta o de Bombay. Así lo dice Pe. Uno de los peores o uno de los más baratos o uno de los más populares. En la puerta ve a un niño famélico quien a su vez no le quita los ojos de encima. Pe se levanta y sale y le pregunta al niño qué le pasa. El niño le dice si le puede dar un vaso de leche. Curioso, pues Pe no está bebiendo leche. En cualquier caso nuestra actriz consigue un vaso de leche y se lo lleva al niño, que sigue en la puerta. Acto seguido el niño bebe el vaso de leche ante la atenta mirada de Pe. Cuando se lo acaba, cuenta Pe, la mirada de agradecimiento y de felicidad del niño la lleva a pensar en la cantidad de cosas que ella posee y que no necesita, aunque allí Pe se equivoca, pues todo, absolutamente todo lo que posee, lo necesita. Al cabo de unos días Pe mantiene una larga conversación filosófica y también de orden práctico con la madre Teresa de Calcuta. En determinado momento Pe le cuenta esta historia. Habla de lo necesario y de lo superfluo, de ser y no ser, de ser con relación a y de no ser en relación ¿con qué?, ¿y cómo?, ¿y a final de cuentas qué es eso de ser?, ¿ser tú misma?, Pe se hace un lío. La madre Teresa, mientras tanto, no para de moverse como una comadreja reumática de un lado a otro de la habitación o del porche que las cobija, mientras el sol de Calcuta, el sol balsámico y también el sol de los muertos vivientes, espolvorea sus postreros rayos imantado ya por el oeste. Eso, eso, dice la madre Teresa de Calcuta, y luego murmura algo que Pe no entiende. ¿Qué?, dice Pe en inglés. Sé tú misma. No te preocupes por arreglar el mundo, dice la madre Teresa, ayuda, ayuda, ayuda a uno, dale un vaso de leche a uno y ya será suficiente, apadrina a un niño, sólo a uno, y ya será suficiente, dice la madre Teresa en italiano y con evidente mal humor. Al caer la noche Pe vuelve al hotel. Se ducha, se cambia de ropa, se pone unas gotas de perfume sin poder dejar de pensar en las palabras de la madre Teresa. A la hora de los postres, de golpe, la iluminación. Todo consiste en sacar un pellizco microscópico de los ahorros. Todo consiste en no atribularse. Tú dale a un niño indio doce mil pesetas al año y ya estarás haciendo algo. Y no te atribules ni tengas mala conciencia. No fumes, come frutos secos y no tengas mala conciencia. El ahorro y el bien están indisolublemente unidos.

Quedan algunos enigmas flotando como ectoplasmas en el aire. ¿Si Pe iba a comer a un restaurante barato cómo es que no le dio una gastroenteritis? ¿Y por qué Pe, que tiene dinero, iba precisamente a comer a un restaurante barato? ¿Por ahorrar?

Somos malos para la cama, somos malos para la intemperie, pero buenos para el ahorro. Todo lo guardamos. Como si supiéramos que el manicomio se va a quemar. Todo lo escondemos. No sólo los tesoros que cíclicamente sustraerá Pizarro, sino las cosas más inútiles, las baratijas, hilos sueltos, cartas, botones, que enterramos en sitios que luego se borran de nuestra memoria, pues nuestra memoria es débil. Nos gusta, sin embargo, guardar, atesorar, ahorrar. Si pudiéramos, nos ahorraríamos a nosotros mismos para épocas mejores. No sabemos estar sin papá y mamá. Aunque sospechamos que papá y mamá nos hicieron feos y tontos y malos para así engrandecerse aún más ellos mismos ante las generaciones venideras. Pues para papá y mamá el ahorro era interpretado como perdurabilidad y como obra y como panteón de hombres ilustres, mientras que para nosotros el ahorro es éxito, dinero, respetabilidad. Sólo nos interesa el éxito, el dinero, la respetabilidad. Somos la generación de la clase media.

La perdurabilidad ha sido vencida por la velocidad de las imágenes vacías. El panteón de los hombres ilustres, lo descubrimos con estupor, es la perrera del manicomio que se quema.

Si pudiéramos crucificar a Borges, lo crucificaríamos. Somos los asesinos tímidos, los asesinos prudentes. Creemos que nuestro cerebro es un mausoleo de mármol, cuando en realidad es una casa hecha con cartones, una chabola perdida entre un descampado y un crepúsculo interminable. (Quién dice, por otra parte, que no hayamos crucificado a Borges. Lo dice Borges, que murió en Ginebra.)

Sigamos, pues, los dictados de García Márquez y leamos a Alejandro Dumas. Hagámosle caso a Pérez Dragó o a García Conte y leamos a Pérez Reverte. En el folletón está la salvación del lector (y de paso, de la industria editorial). Quién nos lo iba a decir. Mucho presumir de Proust, mucho estudiar las páginas de Joyce que cuelgan de un alambre, y la respuesta estaba en el folletón. Ay, el folletón. Pero somos malos para la cama y probablemente volveremos a meter la pata. Todo lleva a pensar que esto no tiene salida.


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