Comparaciones imposibles

12.02.2010

Hace un par de días terminé el último volumen de la trilogía Millenium, de Stieg Larsson, un autor al que el género negro no le funcionaba bien y que tampoco tuvo suerte cuando quiso escribir una de espías en el tercer volumen. He pasado mes y medio leyendo estas novelas, con alguna que otra relectura de Roberto Bolaño entre volumen y volumen para reponerme del mar sabor que me dejaron, y ha llegado el momento de pasar página y de leer algo diferente, algo bueno, para variar.

El pasado miércoles estuve en la biblioteca para devolver Los detectives salvajes, y me encontré en la estantería de novedades con la última obra de Antonio Muñoz Molina, el mejor escritor español vivo no nacido en Perú, La noche de los tiempos. Naturalmente, lo saqué de allí inmediatamente, y anoche empecé a leerlo.

No he avanzado demasiado, cincuenta páginas en un volumen de más de novecientas, pero me ha impactado muchísimo que en esas páginas el escritor se tome tanto espacio en describirnos a un arquitecto español que ha huido de la guerra civil dejando atrás a su familia para reencontrarse con una amante norteamericana en Estados Unidos. En estas páginas, Antonio Muñoz Molina despliega todas sus habilidades para contar quién es ese hombre, qué hace en una estación de trenes en Nueva York, cómo llegó allí, adónde va, por qué hace lo que hace, cómo se siente con respecto al abandono de su mujer, cuánto echa de menos a sus dos hijos, cuáles son sus miedos ante el próximo encuentro con su amante, tan deseado, en qué proyectos trabajaba en Madrid antes de la guerra… El relato no avanza mucho, hay muchas repeticiones, pero casi ni me he dado cuenta de ello ni me ha importado, porque desde la primera página me ha introducido en un mundo fascinante construido con palabras, imágenes y sentimientos que me son familiares.

Las comparaciones con lo que acabo de leer, Millenium, son imposibles, no puedes comparar los tamaños de un dinosaurio y una ameba, no es necesario hacerlo, es una tontería siquiera intentarlo.


La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, una novela de Stieg Larsson

04.02.2010
Hace un par de semanas leí La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Flickan som lekte med elden. Millenium 2), de Stieg Larsson, traducida por Martin Lexell y Juan José Ortega Román en 2008 para la editorial Destino, que la publicó dentro de su colección Áncora y Delfín y que se puede coger prestado en la biblioteca de Sanlúcar la Mayor después de apuntarte a una lista de espera. Debería haber escrito antes sobre ella en mi bitácora, pero es tan mala que me ha costado mucho encontrar las ganas y el tiempo necesarios para comentarla, aunque sólo sea para decir que es tan mala que preferiría leer alguna novela de Almudena Grandes antes que releer el segundo volumen de la trilogía Millenium.

Lo único bueno de este volumen es que se puede prescindir sin demasiados problemas de las primeras seiscientas páginas, en las que se únicamente se dan vueltas y más vueltas alrededor de un triple asesinato del que acusan erróneamente a la protagonista del libro y de cómo es buscada por la policía, por lo malos de la novela y por el otro protagonista de la novela, e ir directamente a las últimas ciento cincuenta páginas, en las que se resume lo ocurrido anteriormente varias veces y nada finaliza, pues tras los incidentes que ocupan esas páginas y que sólo se me ocurre tachar como un remedo digno del peor guionista de televisión de la peor serie de televisión del mundo que toma prestados algunos elementos clásicos de algunas de las mejores novelas protagonizadas por Hannibal Lecter y Tom Ripley, y los envilece con su mala y aburrida prosa.

Supongo que en el tercer y último volumen de la serie el señor Larsson contará por qué su protagonista aún estaba viva en la última página de la novela, y lo que sucede con el gigante rubio, los motoristas, los tratantes de blancas, los pedófilos, los maltratadores, los espías y demás personajes increíbles de cuyos destinos finales la novela se olvida.


Los hombres que no amaban a las mujeres, una novela de Stieg Larsson

22.01.2010

Los hombres que no amaban a las mujeres

La penúltima novel a que he leído se llamaba Los hombres que no amaban a las mujeres (Mäm som Hatar Kvinnor. Millenium I), la escribió un periodista sueco llamado Stieg Larsson, fue publicada póstumamente en su país en 2005, y traducida al castellano por Martin Lexell y Juan José Ortega Román para la editorial Destino, que la publicó hace un año y medio dentro de su colección Áncora y delfín. Podría haberla obtenido en la biblioteca de Sanlúcar la Mayor apuntándome a su lista de espera, pero el ejemplar que he leído fue un regalo de mi hermana.

Esta novela y sus continuaciones fueron los libros más vendidos en España el año pasado y ya se han hecho dos películas basadas en dos de ellas que no he visto. Es un best seller mundial, parece haber puesto de moda una vez más la novela negra, en especial la de origen escandinavo, y empezaba a creer que yo sería el único adicto a la literatura que no había leído una sola línea de esta obra de la que había escuchado y leído tantas críticas y opiniones favorables que cuando llegó a mis manos esperaba encontrar algo del calibre de James Ellroy o al menos del primer Henning Mankell, un compatriota de Larsson que me gusta mucho.

La realidad no estuvo a la altura de las expectativas. Los hombres que no amaban a las mujeres tiene muchos elementos que no me han gustado, pero lo que la convirtió a mis ojos en lo peor que he leído en los últimos meses es su final deus ex machina, un recurso de escritor incompetente y falto de imaginación con el que hace mucho que no trago: en el principio fueron los dioses griegos, más tarde ocuparon ese papel magos y brujas supermegapoderosos, científicos supermegalistos y, actualmente, hackers.

No me gustaba demasiado la novela, me parecía aburrida, artificialmente alargada y con un ritmo inapropiado para el género, pero la revelación de que el personaje misterioso y asocial al que violaban casi al principio de la obra es un pirata informático de nivel mundial que con un truco barato ayuda al protagonista a localizar a su objetivo y a vengarse de la persona que lo envió a la cárcel es indigno e insultante para la inteligencia de cualquier lector de novelas exigente y crítico con lo que lee.