Antes de empezar a escribir

15.02.2010

Quiero escribir una novela negra. Escogí este género porque estoy muy familiarizado con él, es muy entretenido y a menudo es sólo una excusa para escribir sobre los temas que verdaderamente importan a todo el mundo, las pasiones más altas y bajas de los seres humanos.

Contar una historia es, en gran medida, un ejercicio de elecciones múltiples de entre un número casi infinito de posibilidades, así que me hice una pregunta aparentemente sencilla para encontrar de qué iba a escribir, el tema que articularía todo mi proyecto de novela:

¿qué es lo peor que un ser humano puede hacerle a otro ser humano?

La respuesta más obvia a la pregunta es que lo peor es que alguien mate a otra persona, pero en estos casos siempre recuerdo algo que me explicó un amigo médico, que siempre insiste en que hay muertes y muertes, que tu final puede llegar rápida e indoloramente, pero que la mayoría de las veces no es así, y ocurre que lo que acaba contigo es una larga y agónica dolencia que tras meses de combates y a menudo de encarnizamiento médico devora tu cuerpo sin piedad. Añadía este amigo mío que aún este largo final podía ser algo deseable cuando lo comparabas con alguna enfermedad neurodegenerativa porque éstas te matan tres veces: cuando tu cerebro está tan dañado que dejas de ser tú mismo, cuando las personas que te cuidan, normalmente llenas de remordimiento, desean tu muerte, y cuando ocurre el deceso. Teniendo esto en cuenta, llegué a la conclusión de que si bien dañar físicamente a una persona, asesinándolo, torturándolo, mutilándolo o convirtiéndolo en un vegetal es sin duda algo terrible, podríamos hacerles cosas aún peores.

Reflexionando sobre acciones que no implicasen necesariamente, o sólo, un castigo físico, me di cuenta de que disponía en el Código Civil y Penal de una larga lista de posibilidades que incluían, por citar sólo los elementos más clásicos y sobados del género, el robo, la estafa o la suplantación de identidad, En muchas de estos temas se esconden términos como confianza, seguridad, traición, miedo o respeto, que en determinadas circunstancias pueden ser muy viscerales y, por lo tanto, atractivos a la hora de escribir una novela negra. Naturalmente, debido al lugar en el que crecí, no me interesaban los asuntos relacionados con la salud pública porque me parecen vulgares y aburridos.

No terminaba de decidirme por un tema para mi novela, cuando analizaba las posibilidades no me parecían lo suficientemente crueles ni graves, siempre podía pensar en algo más terrible, y la solución llegó mientras me dedicaba a otras cosas que no tenían nada que ver con mi proyecto de novela:

No concibo nada peor que a un padre/madre violando a un hijo/hija repetidamente con el consentimiento implícito o explícito de su pareja.

Los actos viles contra niños siempre son más graves porque están indefensos por sí mismos. Si esas malas acciones las cometen sus padres, aún son peores porque se convierten doblemente en víctimas (por un lado está la falta, la acción reprobable, y por otro la pérdida de la confianza que ese niño/niña tenía en su padre/madre, que supuestamente deben protegerlo de cosas como las que está haciéndole). Una continuada serie de violaciones de las que el pequeño no puede defenderse y que no van a ser denunciadas por un familiar colocan a la víctima indefensa en una situación desesperada y a los agresores en lo más bajo de cualquier tipo de clasificación en que puedas dividir a la raza humana.

Encontrado mi tema, un padre que viola a una hija con el consentimiento de su madre, sólo tenía que encontrar el modo de construir una historia que pensara que valiera la pena ser escrita.


Antes de empezar a escribirel

10.02.2010
La primera vez que imaginé el comienzo de la novela que quería escribir imaginé que un detective privado viajaba trescientos kilómetros en tren para encontrarse con una mujer a la que no conocía en una clínica privada especializada en adicciones y enfermedades mentales.

Supuse que dos días antes del viaje, el abogado de esta señora lo habría telefoneado para concertar la cita. No le dio mucha información, sólo el nombre de su clienta y el lugar donde debían encontrarse. El abogado no sabía para qué quería verlo ni por qué lo había escogido a él, un pequeño detective privado independiente con un anuncio muy pequeño en las páginas amarillas, de entre todos los profesionales y grandes agencias de la ciudad. Aquella cita escama tanto al detective que comprueba la existencia real del abogado y la validez de su número de teléfono. No es el modo habitual en que sus clientes llegan a él, y estos casi nunca son personas particulares, sino empresas. Además, está el asunto del lugar de la cita, un psiquiátrico. ¿Su clienta es una loca aburrida, una loca delirante o una loca con algún problema real en el que él puede intervenir? No lo sabe, y teme desplazarse para nada.

Cuando llega a la clínica privada aún tiene dudas sobre lo que ocurrirá, y está predispuesto a rechazar el trabajo que le ofrezcan, sea cual sea, aunque de todas formas ha acudido a la cita por su maldita curiosidad. Todo el lugar le recuerda a un módulo carcelario, solo que más limpios y con guardias mejor vestidos. Un celador le da una vuelta por las instalaciones hasta una zona de mínima seguridad (tiene menos puertas, menos rejas, menos videocámaras y menos gorilas a la vista) y lo deja en la habitación de la mujer, que ronda la cincuentena y está acompañada por una joven a la que despide bruscamente para hablar a solas con él.

Lo primero que le cuenta la mujer es que está allí porque hace unos meses sufrió un grave accidente de tráfico del que la atienden allí sin mucho éxito porque es probable que no pueda volver a andar sin ayuda. Lo segundo es que está convencida de que su esposo provocó de algún modo el accidente, que la policía ni el juez la han creído, y que él es su última oportunidad de demostrar que tiene razón.

Pensé que era un comienzo atractivo con mucho potencial para desarrollar una historia entretenida. He intentado desarrollar todo mi proyecto de novela a partir de ello.